martes, 19 de febrero de 2013

Plan B




¿Qué pasa? 
Que sí, que me quiero enamorar, ¿qué chucha va a pasar?

Ay, perdón, perdón. Es que últimamente se me cruza la testosterona con la androsterona y con todo lo que termina en ona y me sale un ‘hace mucho que no la veo, huevona’, que para que te cuento.

Perdón de nuevo. Pero qué barbaridad, qué lisura con la vulgaridad y con el lenguaje obsceno. Pero pido se me entienda, obscenidad es lo único que se me pasea en el cerebro desde que hace semanas me vi obligado a usar el colchón únicamente para dormir. Y no, no, no (el 17 marca el no), no hay derecho.

Que uno tiene sus necesidades, sus deseos, sus ganitas, su bolita que le sube y le baja, ¡ay!, que le sube y le baja. Pero, claro, te duran lo que te tienen que durar. Después de tu respectiva hojeada de revista, tus siete minutos de video estimulante y tus diez minutos encerrado en el baño con el acompañante en la imaginación, se ve la vida de otra manera la próxima media hora.

Pero hasta que la bolita te vuelve a subir, aprovechas esos liberados treinta minutos para pensar en que ya está bueno de tanto alboroto netamente físico. Que sería bonito tener a alguien que te abrace, te de la manito, te bese con los ojos cerrados y te diga estupideces pegado a tu oreja con cerita. Que de bonito debe ser bonito, pero debe ser más bonito vivirlo, digo yo.

Y no es hasta hoy, en medio de mi resaca post san Valentín número veintiqueteimporta, que me atrevo a reconocer que me gustaría tener a alguien al lado. Vamos, que se me está cayendo el pelo, me está aumentando la miopía, y en breve me estará creciendo la barriga a la misma velocidad que se tramita la renuncia del próximo Papa.

Que ya no pienso igual que cuando recién empezaba a gatear por la base dos, en que toda la cursilería me apestaba y me sentía muy orgulloso de plasmarlo en cosas como esta y como esta (haz click, oye). Que ya dejé atrás ese pensamiento sentimentalmente repelente (y la repelencia que genera tanta falta ortográfica, oye, qué horror). Que ahora quiero experimentar eso del amor antes que mi resistencia a practicar sudokus me pase factura haciendo que me olvide del significado de la palabrita.

Vamos, que sí aún no la captas: que me estoy poniendo en oferta. Que no estoy para que me envuelvan, estoy para que me lleven puesto. Que no estaré cero kilómetros pero aún la palanca de cambios me funciona y el freno no necesita ni una gota de aceite. Que no estoy para comercial de Calvin Klein pero estoy, casi casi, como se pide chumbeke. Que no estoy para circo del sol, pero te hago unas acrobacias de trapecista a lo Fuentes Gasca que alucinas. ¡Qué necesito sexo, maldita sea! O bueno, que lo necesito más seguido, porque tampoco es que esté en sequía, pero no estamos para cosechar solo un par de veces al mes, no sé si me entiendes. Como diría Puñete, tampoco, tampoco.

Pero también quiero sentir la diarrea esa que lleva por eufemismo ‘maripositas’. También quiero que mientras se tira y se afloja se escape un ‘te quiero’. Que mientras mi posible descendencia echa a correr rauda en busca de una llegada que dudo mucho que encuentre, las miradas se sostengan, se penetren. Que mientras me fumo el cigarrito de después me acaricien la cabeza (la que está encima del cuello, oye, mente podrida) en vez de decir ‘y tú te llamabas…’. En fin, que la revolcada sea solo una de las tantas cosas que se pueden compartir de a dos (o de tres, que uno nunca sabe).

Aclarando, no es que esté en ‘busca de’. Porque así como me gustaría que suceda, también me gustaría que fuese de improviso para seguir con esa filosofía que he adoptado desde hace tanto que consiste en dejar que la vida me sorprenda. Aunque sea por probar, aunque sea por vivirlo. Aunque sea por ponerle un poquito de rebeldía a ese Plan B de terminar en un departamento lleno de gatos, discos de Chavela Vargas, habanos, pastillitas de Mifarma y desapareciendo los centavos de la pensión en adolescentes con disposición a darle alegría a mi cuerpo macarena. Recordando con gusto los orgasmos del pasado. Con sonrisa picarona, levantadita de ceja, ojitos de 'vestecun'; pero sin el recuerdo de un solo latido acompañando cada erección. Paciencia, solo paciencia.

Paciencia dijo Hugh Hefner.

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