domingo, 4 de marzo de 2012

Queremos tanto a Meryl


Llegué a mi casa con más ganas de tirarme una roncada de las bravas que de ver cómo, por enésima vez, la dejaban con las ganas. Pero mi irreconocible tendencia al masoquismo me aplastó al sofá grande de la sala con frazada incluida (gracias a un fastidioso refrío), y con una fuente de solterito de queso que me devoré en cuatro estatuillas que ni sé quién se las llevó y que a estas alturas de la semana post-oscar-resaca, ni me importa.

Hasta ese 2003 que la vi sentada gracias a Adaptation junto a una de sus mocosas (bueno, mocosa entonces), no había caído en cuenta de hasta que punto se había acostumbrado a hacer acto de presencia en los dichosos premiecitos. Y es en realidad desde 2006, cuando apareció vestida de profesora de Tai Chi de parque sanborjino, que empecé a esperar al igual que medio planeta (me vengo a enterar ahora), verla recibir su calato dorado.

Pero mi recutecu con la Streep viene de aquellos comienzos de los 'dosmiles', cuando con Música del Corazón me hizo llorar todo lo que no fui capaz cuando Rose mandó a Jack al fondo del océano. Verla agarrada a un violín haciendo que me creyera que en realidad lo tocaba como los grandes, hizo que me prometiera firmemente ver desde ese momento cada uno de sus trabajitos. Y lo cumplí.

Disfrute entonces viéndola hacer de lesbiana por despecho, de escritora un tantito aguantada, de creyente de angelitos, de vieja de político con peinado a lo Clinton, de versión corregida y aumentada de la Wintour, de ranchera afincada en el mar egeo, monja loca, entre otros; además de mis favoritos: periodista psicoseada con la ética y cocinera grandulona.

Que ni falta le hacía uno más, por lo tanto que mis ganas de verla, no aplaudiendo sino siendo aplaudida, iban más a tener la delicia de escuchar otro de esos discursos tan inexplicablemente geniales que da cada vez que recibe un premio, y que sólo han encontrado un casi casi equivalente en el de Sandra Bullock el 2010.

Y mira tú qué tanta gana que al final me terminé quedando más seco que Martha en el Congreso, con decir que ni un temblorcito de esos que se han puesto de moda me hubiese despertado. Pero, como la vida es bonita y es bonita, como diría Lavoe, por obra y gracia de la casualidad abrí estos ojitos cuando Colin Firth (que dicho sea de paso lo preferí cepillándose a Bridget Jones que haciendo de rey tartamudo) soltó sin asco, emoción y rapidito, el nombre artístico de la Mary Louise.

Con un ojo abierto y otro cerrado la vi haciéndose la loca y regalándonos otra vez uno de esos momentos que, se podría decir, son los únicos en que actúa pésimo: cuando finge que no se esperaba un premio. Ay Meryl, que ya estás muy vieja y te lo tenemos muy visto, además que el haberte disfrazado de estatuilla evidenciaba lo convencidaza que estabas de que esta vez nadie te lo arrancaba, por más actuación lacrimógena que después de los SAG amenazaba con aguarte el pastel de la academia. Y mucho menos si la amenaza venía de la morenaje esta de la Davis, que dicho sea de paso me dejo lelo con su look verde pistacho que me hizo recordar, ve tú a saber, al cocodrilo este que en los 90 salía diciéndonos que si pensábamos en muebles, pensáramos en Dany.

Tratando de reaccionar en medio de mi sonambulismo, me vino un deja vu jodido cuando la vi subir las escaleras corriendo, tal como lo hiciera a finales de los 70 por Kramer contra Kramer. Santas casualidades Batman, que hicieron el momento más bonito. Tan bonito como el hecho de descubrir que su discurso no fue lo que esperé todos estos años, es decir, risas las justas con una Streep con tendencia a la soltada de moco que me hizo dar cosa a lo Chapatín.

"Los veo aquí y veo mi vida a través de mis ojos, mis viejos amigos, mis nuevos amigos", y todos teníamos las retinas como las de Sandra Bullock, que mira tú me he de acordar toda la vida de la mamá del director de cámaras de la abc, por hacer semejante crueldad y hacernos rodar el lagrimón. Lagrimón que salió con el sencillo agradecimiento al mariachi, siempre tan seriecito, y que debería andarse preocupando, porque, siguiendo la tradición de los últimos tiempos, se supone que se viene el divorcio. Lagrimón que no esperaba que saliera pero que lo acepté con dignidad, como una reacción natural por un reconocimiento que merece alguien que, sin querer queriendo (y cobrando millones), te ha hecho más pajas tus momentos de ocio de los últimos doce años.

Queremos tanto a Meryl y la seguiremos queriendo, por más que su figura se haya homosexualizado tanto los últimos años a un punto que da miedo (imagino que gracias al papelito de la Priestly), cuyo impacto recién comprendí en su real dimensión al hacer aquel ejercicio que disfruto mucho y al que ya dedique algún post meses atrás.

Es que me emocionará todo lo que quieran, pero no creo que hasta estos desquiciantes (y por tanto, bellos) extremos:

A ver, a ver, un exorcista pal' muchacho



No confundir, este no es de cuando nos enteramos que Keiko pasaba a la segunda vuelta



A ver, a ver, tomando aire, respira uno, dos, tres



...(sin comentarios)



Bueno, la queremos, pero tampoco es para tanto. ¿Saben que es para mí lo más bonito? El saber que más allá de si le llega o no la oportunidad de igualar a la pescuezo flojo de la Hepburn, tenemos Streep para rato. Y mientras ese 'para rato' llega, saber que estará cocinando en casa o comprando sus beterragas por los 'nuevayores' como si nada pasara. Lejos de tanto flash, tanta luz y tanta payasada a la que hay que enfrentarse lo estrictamente necesario. Tipo de gente que hoy está en peligro de extinción en un mundo que se ha acostumbrado, últimamente, a llamarle 'arte' a cualquier cojudez.



1 comentario:

Gary Rivera dijo...

a mi me parecio algo extraño, cuando lei la casa de los espiritus, Yo me imagine a Clara (el personaje principal) como a Meryl Streep, lo curioso fue que años despues descubro que habia una pelicula y era Meryl Streep la que hacia ese papel! Yo estaba enamorado del personaje! y por consecuencia tambien de Meryl!

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