lunes, 29 de agosto de 2011

Tirando la primera piedra

Y en los que parecen ser los capítulos finales de la telenovela "Perdido en el Colca", empieza a tomar rol protagonista una marea humana que, golpeándose el pecho y mirando al cielo, empieza a pedirle a Diosito una de dos: que el galán del culebrón, Ciro Castillo Rojo, aparezca diciendo que no estaba muerto sino que andaba de parranda, o que la malvada de la historia, Rosario Ponce, vaya a parar con todos sus huesitos y su pollo a la brasa a la mera cárcel.

Cuando creí que ya estaba curado de los enlatados importados de la tierra del mariachi, me aparece semejante aventurita con sello nacional que, lejos de entretener, me está empezando a hartar. Y es que al igual que tú, el de allá y la de más allá, comprendo y me sumerjo en la impotencia cuando veo a la mamá del buen Ciro implorando que por lo menos le devuelvan el cadáver de su retoño. Entiendo la frustración del padre al pasarse días de días gritando en las montañas con la esperanza de recibir otra cosa que no sea el eco de su propia voz. Comprendo a los amigos y a la gente que siente el drama como propio, pero lo que me resulta un señorón disparate, es tratar de meterle matices de thriller terrorífico y psicológico al guión del mismo sin que nadie nos haya pedido que metiéramos la cuchara.

La pregunta, para mí, es simple: ¿Con qué derecho se siente tanta gente de juzgar a Rosario Ponce? ¿De dónde saca tanto periodista mequetrefe conclusiones aspirando a convertirse en sentencias? No intento ponerme de abogado del diablo, pero resulta ridículo creer que sólo se contemplan como opciones el que aparezca vivo o que la muchachita lo haya mandado derecho a la otra.

Sólo en el Perú somos capaces de sacar nuestra indignación barata derivada de la lástima, cuando vemos a alguien llorando e implorando a los ángeles y arcángeles que se haga justicia. Si te quedas callado (digamos, si fuera el caso, por tener tu conciencia limpia) eres malo, malo, malo. Mentiroso y malo. Cara de loco y malo.

Y tenemos varios ejemplos. El clan Fefer jalándose de las mechas. Apoyar al hermanito figuretti (con su dolor y todo, absolutamente respetable, que no quede duda) es estar del lado de la verdad. Gritar como locos "Arielcito dignidad" al dizque bailarín y "machonas asesinas" al par que está esperando en Santa Mónica, es lo justo. Ellas mataron a Doña Miriam, no se hable más del asunto. Qué pasaría, digo yo, si mañana se comprueba que no fue así y que quien realmente está detrás de todo el rollo es el chico con nombre de detergente. ¿Qué dirían los dueños de todos los dedos acusadores? Porque así como él, y medio Perú secundándole la gracia, supone que las autoras intelectuales son su sister y su "amigui", ¿Por qué no podría la otra mitad del Perú y yo, si nos provoca, creer que la tortilla está quemada del otro lado?.

Ahora, nada está dicho. Hay casos y casos. El verano pasado todititos vimos como Elizabeth Espino lloraba a moco tendido en el entierro de su mamá, y después a su ex enamoradito saliendo en todos los medios, bien al pelo engominado, a manifestar su indignación por quererlo perjudicar señalándolo como sospechoso en el homicidio. La mayoría se cayó de poto cuando, unos días más tarde, ambos aparecían esposados junto a otro de sus chocheras que resultó cómplice, con una sonrisita cachosa que mostraba de todo menos arrepentimiento. Muchos fuimos incapaces de encontrar una justificación razonable a semejante muestra de cinismo, pero muchos también lloraron y patalearon con Elizabetcita cuando la vieron botar su lagrimón vestida de luto.

En todos los ejemplos queda algo más que claro y que es finalmente a lo que quiero llegar. No podemos apresurarnos a sacar conjeturas sólo por alimentar más y más el morbo, porque ninguno de nosotros estuvimos en el momento en que dichas desgracias ocurrieron. ¿De dónde saca la gente cara para gritar "asesina" como quien pide tamales un domingo en La Parada? Quienes están a cargo de las investigaciones y quienes finalmente darán una sentencia en base a estas son los indicados a dar la última palabra y allá cada quien con su conciencia.

¿Por qué exigirle a Rosario Ponce que aparezca llorando y pidiendo desesperada, cual Thalía buscando a su Nandito, que encuentren a Ciro? Es tan cómico ver como muchos aseguran con voz tajante "está mintiendo" y ponen como principal argumento: "pero mira sus gestos, como mueve las manos, como pestañea, eso la delata". Muchos se aclaran la garganta y muchas se sostienen las perlas diciendo que así como actúa la Charito no actúa una persona que ama a otra. ¿Quién puede decir como ama cada quien a otro? ¿Quién sabe como era su relación realmente? ¿Por qué lo "normal" es que si de verdad lo amaba debería estar en un manicomio repitiendo "Ciro, amor mío" todo el santo día, pero si sale enseñando las muelas, como si nada, es que lo empujó por un barranco y se hizo la loca?

No conozco a los Castillo Rojo, ni a los Ponce, ni a los Fefer, ni a los Espino. Soy un peruanito común y corriente que trata de ponerse en los zapatos de todos. Entonces digo, ¿y si en vez del de Rosario fuera nuestro nombre el que apareciera cuatro días seguidos en portadas de periódicos adornados de indirectas que gritan silenciosamente "asesina"? ¿Y si fuéramos nosotros los señalados y tachados de locos, insensibles y criminales? ¿Y si fuéramos inocentes? ¿Y si mañana (ya que tú supones, yo supongo, todos suponemos) aparece Ciro y nada hace indicar que se trató de un crimen? Estoy casi seguro que pocos se atreverían a decir que esta historia no respondió a un crimen pasional, sino quizá a la irresponsabilidad de dos jóvenes (no unos niños) que se excedieron en su afán de querer jugar al Indiana Jones. A muchos nos falta entender aún que hay daños enormes que no se enmiendan sonriendo y diciendo: "ups".

miércoles, 3 de agosto de 2011

senSANCIÓNalismo


Con setenta y dos votazos a favor, la medalla de congresista de Martha Chávez regresó derechito a su caja a menos de una semana de colgarse en su fujimorísimo pescuezo. Decisión tomada por más de la mitad de un parlamento que consideró sentirse ofendido por el pregón con el que Marthita deleitó a los ilustres invitados, sus no tan ilustres colegas, y a nosotros, ilustrísimos 20 millones de televidentes, a punta de gargantazos durante la toma de mando de su choche Ollanta.

Bastó que abriera la boca (y no la cerrara en una hora) para que, desde las redes sociales, le llovieran todo tipo de calificativos. Remezón político que se hizo eco en todos los noticieros y portadas del día siguiente, y que, muy a nuestro rojiblanco pesar, deslucieron el inicio de la que es considerada, por muchas razones, una nueva era en nuestro país.

Pero, ¿toda la culpa es de Chávez? ¿Sólo a ella debemos hacerle cargar con el sambenito de semejante roche internacional?

Hablando de política no invento la pólvora ni curo el cáncer, así que no voy a decir nada nuevo, por el contrario, creo que las cosas están más claras que el rosa del abriguito de Nadine en la parada militar. Pero es una claridad que, bajo el pretexto de esa diginidad antifujimorista que venimos arrastrando desde los últimos días previos a segunda vuelta, nos resistimos a ver en su totalidad.

La Chávez se excedió. Pésima actitud que evidenció una falta de clase que debería estar cuajada en una señorona de sus años y su recorrido político. Porque no sé ustedes, pero da cosa imaginar a mi tía Cristina Fernández cuchicheando con la comadre Dilma "oye, y quién es esa?", y que feíto que por ahí alguien les pase el dato "es Martha Chávez, la primera mujer que presidió el congreso en este país y la primera en presidir un parlamento en América Latina." ¿Se imaginan sus caras? Vergüenza ajena. La misma vergüenza que me provocó Ollanta Humala con su provocación barata, que deja bien en claro que en política el brother está en pañales.

Pero dime Santísima Cruz de Motupe ¿qué falta hacía que el hermanito de Antauro hiciera un juramento tan cursi invocando al espíritu de la Constitución del 79? Si sabía que a su lado derecho tenía a todas las crías de Alberto Kenya ¿por qué dárselas de bacán haciéndole fuchi a la carta magna que parió su gobierno? Lo hizo adrede, lo hizo a propo, lo hizo con cachita, y es una acción que, si bien no es ilegal, resultó muy inoportuna. Craso error.

A mí se me hizo insoportable la cara sonriente de Humala mientras los dos payasos que escogió como vicepresidentes (Espinoza y Chehade) invocaban, ahora sí, al espiritú chocarrero del 79 con todas sus letras. Lo que terminó de poner la cereza de la tarta a lo que fue claramente una sacada de lengua a la oposición.

Pero bueno, hasta ahí "todo bien", al fin y al cabo, tácitamente Humala ha prometido defender el orden constitucional y eso involucra únicamente a la constitución vigente, por lo que así se le hubiese ocurrido jurar por Nadine, por Madre Mía o por su perrito, nada le quita la validez al acto. Pero si hablamos de sanciones, a Martha Chávez se le ha quitado su sueldo de 4 meses por faltar el respeto y armar la de san quintín en el congreso, ¿cierto?. ¿Por qué entonces, no comparten con ella semajante privilegio la bancada de Gana Perú? Porque si lo de la Chávez fue alboroto ¿qué fue lo que armaron los nacionalistas con sus gritos propios de mitin? ¿Eso era la bancada oficialista o una barra brava? ¿No fue acaso un espectáculo desagradable y una tortura a los oídos de los ilustres invitados semejante griterío? Si Keiko hubiese estado ahí paradita en lugar del retoño de don Isaac ¿se hubieran quedado callados?

En 1990, Alan García merecía que le aventaran un kilo de pan popular a la cabeza, pero aún así se condenó la actitud de los parlamentarios durante su discurso de despedida en el congreso. En el 2000, Anel Townsend, le pusó una olla en las narices a Fujimori mientras este inauguraba su tercer mandato. El chino merecía que le estamparan la olla en su cacharro de cínico, pero aún así, eso no justificaba la falta de respeto de un congresista a un presidente.

Por tanto, desde aquí, mi humilde rinconcito, aplaudo la decisión de sancionar a una parlamentaria por la falta de respeto cometida, por más "principista" que haya sido el reclamo que intenta justificarla; pero, a la vez, lamento que toda una bancada que hizo el mismo alboroto (poniéndose pico a pico por momentos), quede bien tranquila en sus escaños, olvidando que los cinco años anteriores su agrupación no dejó de protagonizar chongo tras chongo faltándole el respeto a todo el país. Oh casualidad, en el mismo congreso que hoy exigen respetar.

Oye, ¿y si pensamos mal un poquito? Por más repudiables que nos puedan resultar los fujimoristas, acaban de cerrarle la boca por cuatro meses, así de papaya, a una de las cabecillas de la oposición. ¿No se presta a la tembladera? Sienta un precedente de sanción ejemplar, pero, a la vez, ¿no sienta un precedente de amordazamiento?

Con cuidadito. Empiezo a creer que tendremos que ir con mucho cuidadito.

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