viernes, 4 de febrero de 2011

En la mirada

Hay un romance extraño entre los libros y yo. No soy un gran lector pero leer es algo que me ha gustado desde niño aunque no lo haya adoptado como hábito indispensable. He tenido épocas en las que cerraba uno para inmediatamente abrir otro, así como largas temporadas en que me servían sólo de pisapapeles. Siento que no he leído lo suficiente y eso me frustra un poco, pues con las pinceladas de madurez que quieras o no te van regalando los años, empiezo a entender la magnitud real de la comodidad que disfruto cuando me sumerjo en uno.

Salvo pésimas excepciones (buscadores de anillos, alquimistas o ensaladas de vampiros y hombres lobo), no me gusta expresar una opinión favorable o una crítica de algún título antes de haberlo terminado. Pero una vez volteada la contratapa, no escatimo en elogios si logró que mi rostro marque el gesto que después de tanto tiempo se ha convertido en el único indicador de cuanto he gozado con un conjunto de páginas.

"No hay silencio que no termine", ha hecho lo que ningún otro libro había conseguido en mí: tener la certeza de que me gustaría antes de leerlo. Cada vez que empiezo alguno, tengo expectativas pero nunca seguridades. Los abro con tranquilidad, casi con desgano, para de esa manera dejar que sean las historias las que me sorprendan. Con él, la excitación la tuve desde que lo mantenía sellado. Como si tuviera una energía propia que invitaba a la fascinación desde su primera línea. De momento, no me he equivocado.

Es ingenuo pensar en alguien que no conozca la historia de Ingrid Betancourt, o que por lo menos no haya oído nunca su nombre. Política franco-colombiana que en 2002 fue secuestrada por una guerrilla terrorista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) mientras se dirigía a la localidad de San Vicente del Caguán, como parte de su campaña presidencial. Tenía 40 años y no fue sino hasta los 46, que volvió de aquella selva que la tragó una tarde en la que ni ella misma imaginó que sólo era la primera de más de dos mil. Dos mil trescientos veinte interminables días.

Recuerdo que fue alguna vez tema de debate en el curso de actualidad del colegio. Como muchos, intentaba retener sólo lo necesario para aprobar y la desgracia de una mujer con aspiraciones de poder a miles de kilómetros, no entraba en ese "necesario". Sin embargo, el pasar del tiempo terminaría asombrándome. Me topaba con noticias sobre el secuestro de modo impensable y el interés nacía en mí inconscientemente. La radio, la televisión por cable, las revistas. Pasado más de un año y fuera ya de las aulas escolares, me encontraba un día limpiando el espacio que ocupaban mis perros en el garage de la casa, cuando (como siempre) me distraje con los cúmulos de periódicos que almacenábamos allí. Empecé a ojear uno por uno los del último mes para ver si había algo que pudiese haber obviado en mis revisadas diarias, cuando me crucé con una crónica sobre los casi dos años de cautiverio de Ingrid Betancourt. Me quedé frío. Las noticias al respecto me habían estado persiguiendo durante todo ese tiempo, pero dosificadas eran sólo eso: noticias. Leer "dos años" de un solo golpe fue impactante. Me senté en el suelo y me dediqué a buscar su nombre en todos los diarios que tenía frente a mí, mientras mis perros revoloteaban alrededor y hacían trozos los que iba dejando de lado.

Desde ese momento me interesé por el conflicto civil que azota Colombia desde hace decenios. Traté de encontrar respuestas coherentes al por qué de tanto odio y el aferrarse a métodos inhumanos para intentar "transmitir" una ideología. Siendo de un país que ha vivido en carne propia la injusta barbarie que trae el terrorismo, era imposible detener la sensibilidad que me abrazaba al enterarme de los detalles. Por primera vez en mi vida, empezaba a valorar lo que significa estar libre y sin más temores que los naturales. Me aterraba la idea de padecer lo que en ese momento padecían otros más allá de la la frontera.

Durante la breve temporada que viví en Europa a mitad de década, conservé intacta mi curiosidad por el cautiverio de Ingrid. Es cierto, no fue un tema primordial en mi cotidianidad, pero cada vez que aparecían novedades sobre ello mis sentidos se aguzaban inercialmente. Me sorprendía el interés que mostraban los medios europeos en el tema y las cruzadas y movilizaciones que exigían la libertad de todos los secuestrados por las FARC. La doble nacionalidad de Ingrid había puesto en boca del mundo entero gracias a Francia, la crisis de los secuestrados de Colombia, y pocos parecían darse cuenta de la importancia que eso tenía. La liberación de Betancourt se había convertido en un asunto de política internacional.

Ya en 2007, cuando encontraba noticias sobre el encierro, no podía evitar sentir pena. Había llegado al punto de sentir lástima y un dolor inexplicable por gente que no conocía pero que imaginaba pudriéndose en medio de la jungla en las condiciones más precarias. El testimonio de Jhon Frank Pinchao acentuó dichas sensaciones. Pinchao, un policía que estuvo en cautiverio casi diez años y que logró escapar de la guerrilla luego de vagar diecisiete días por la selva, estuvo retenido en el mismo campamento de Ingrid, y facilitó detalles sobre su deteriorado estado de salud, así como la confirmación del rumor que Clara Rojas (jefa de campaña de Betancourt, con quien fue también secuestrada) había sido madre de un niño que las FARC le habían arrebatado. Contó además que Ingrid y Clara habían intentado fugarse en muchas ocasiones y que al ser recapturadas eran duramente castigadas por sus custodios, que a modo de evitar este tipo de tentativas, decidieron mantenerlas encadenadas del cuello a un árbol al igual que sus compañeros. Encadenados a un árbol. No se me podía ocurrir algo más denigrante que ser tratado peor que un animal. Pensaba en los presos de las cárceles, que son por lo menos libres de moverse dentro de las mismas y que después de todo están allí por cometer un delito. Los secuestrados encadenados y hacinados, sólo eran el botín de la guerrilla. Las fichas de una negociación que llevaba años sin llegar.

Por entonces empezaba también a descubrir Youtube en toda su dimensión y tenía la oportunidad de conocer por fin a la Ingrid política, de actitud contestataria, pasional y un tanto arrogante. Me sorprendí con el video de una de las reuniones entre el secratariado de las FARC y miembros del gobierno y la política colombiana durante el gobierno de Pastrana a inicios de 2002 en una zona de distensión. Sentada frente a una parte de la cúpula de la guerrilla, Ingrid se atrevió a lanzar una propuesta que ella misma calificó como un gesto de humanismo por parte de los terroristas: "no más secuestros". Diez días después, era raptada y empezaba el suyo.

Descubrí también un video precioso. Unas escasas imágenes de Ingrid y Clara, aparecían sobre la pantalla al tiempo que sonaba "Sin ti no puedo vivir" de Olga Tañón. Me sentí conmovido, harto y a la vez culpable porque sabía que por mucho que me pudiese solidarizar con su situación, igual no movería un dedo para cambiarla. Igual no podía hacer nada, no estaba en manos de los ciudadanos de a pie, sino de las cabezas de gobierno y los peces gordos de un grupo terrorista. El video tenía a su vez un par de imágenes de sus hijos Melanie y Lorenzo, que tenían 16 y 13 años cuando fue secuestrada. Se había perdido su adolescencia y ellos se habían perdido su protección, su cariño, su consejo. Pensé en lo difícil que debía ser cargar con el peso del secuestro de tu madre a esa edad. ¿Podrían hacer una vida normal? ¿Podrían salir a una fiesta y divertirse como me divertía yo y muchos, sin saber si su madre estaba viva o muerta? Aún tengo grabadas las intervenciones de ambos en distintos programas del mundo, pidiendo que se abra la puerta a una negociación. Yo era casi de su edad y me preocupaba o ahogaba en un vaso de agua por cosas totalmente absurdas. ¿De dónde sacaban ellos la fuerza para seguir pidiendo su libertad?

A finales de noviembre de 2007, aparecería la imagen que indignó a medio planeta. No se tenía testimonio gráfico de Ingrid, desde la última prueba de supervivencia publicada en 2003, dónde se le veía esperanzada en que todo acabaría pronto, hablando en un tono pausado a diferencia del primer video pocos meses después de su secuestro, dónde acompañada de Clara pedía enérgicamente al gobierno que hiciera algo por su liberación. Casi seis años después, la mujer de la nueva grabación no se parecía a las anteriores. Esta vez no decía absolutamente nada. Sentada en medio de una apagada vegetación, con las manos entrelazadas sobre sus piernas, muy delgada, demacrada y el cabello seco llegándole a la cintura, mantenía la mirada baja en un claro gesto de rechazo a ser retratada en esas condiciones. Me pareció increíble. Era una caricatura triste de la senadora vigorosa, que en videos de archivo había visto alzar su voz de protesta contra la corrupción de su país. Era la sombra de la candidata presidencial que recorría ciudades prometiendo una Colombia nueva. Era la estampa deprimente de un ser humano que había envejecido de golpe por lo menos veinte años. No era la Ingrid Betancourt que todos recordaban.

Sin embargo, había algo en esa imagen que me enorgulleció inconscientemente: la dignidad. Viéndola una y otra vez comprobé que luchaba porque el evidente cansancio físico no opacara un gesto altivo que trasmitiera el mensaje que seguía allí: que las FARC la habían reducido físicamente pero su identidad seguía intacta.

Junto al video se hizo pública también una carta de puño y letra enviada a su madre. En ella, Ingrid confesaba que después de tantos años de cautiverio sentía que las fuerzas empezaban a abandonarla y transmitía la sensación de que la idea de la muerte no le era ajena. "No tengo ganas de nada. Creo que eso es lo único que está bien, no tengo ganas de nada porque aquí en esta selva la única respuesta a todo es ‘no’. Es mejor, entonces, no querer nada para quedar libre al menos de deseos. (...) la vida aquí no es vida, es un desperdicio lúgubre de tiempo. Vivo o sobrevivo en una hamaca tendida entre dos palos, cubierta con un mosquitero y con una carpa encima, que oficia de techo, con lo cual puedo pensar que tengo una casa." Leí y releí esa carta por lo menos tres veces seguidas y me estremeció tanto como la vez que descubrí aquella crónica en el garage de mi casa. Cada palabra me tocaba. Indirectamente había algo de mí que vencía las distancias y estaba con ella en esos bosques inalcanzables. Algo de todos estaba con los secuestrados. "Estos casi seis años de cautiverio me han demostrado que no soy ni tan resistente, ni tan valiente, ni tan inteligente, ni tan fuerte como yo creía. He dado muchas batallas, he tratado de escaparme en varias oportunidades, he intentando mantener la esperanza, como quien mantiene la cabeza fuera del agua. Pero mamita, ya me doy por vencida."

Esas pruebas de supervivencia enfatizaron el clamor mundial por la liberación de los secuestrados. La presión internacional aumentó. Colombia entera y otras naciones marcharon para demostrar su repudio a las acciones de las FARC y la inmensa fotografía de Ingrid, que recordaba en la fachada de la alcaldía parisina los días que llevaba en cautiverio, fue cambiada por una que reflejaba su estado actual. Al mundo se le había agotado la paciencia.

En enero de 2008, Clara Rojas fue liberada y pudo reencontrarse con Emmanuel, el hijo que tuvo en la selva. Su liberación y la de algunos otros secuestrados, fue producto de la mediación de Hugo Chávez en el conflicto. El 2 de julio de 2008, el gobierno colombiano, que había recibido el rechazo de la comunidad internacional (incluída la familia de Betancourt) por dejar de lado a Chávez en el proceso, rescató en un impecable operativo de inteligencia militar, a quince de los secuestrados por la guerrilla. Ingrid estaba entre ellos.

Llegué aproximadamente a las tres de la tarde de la universidad. Encendí el televisor por reflejo y no se hablaba de otra cosa. Ingrid se dirigía en una avioneta hacia el aeropuerto de Bogotá, donde la esperaba su madre y un enjambre de periodistas dispuestos a inmortalizar aquel momento. Iba a ver por fin en directo, a aquella mujer a la que había acompañado en pensamiento durante seis años y medio. A esa mujer de la que no sabía absolutamente nada hasta que me enteré que la habían secuestrado. Imaginariamente, me sentía parte de su familia.

La Ingrid que bajó de esa avioneta, ágil y sonriente, se distanciaba felizmente de aquella que el mundo entero había visto meses atrás. Hacía gala de una lucidez increíble, lo que me pareció admirable, pues creía que una experiencia así, lo mínimo que podía hacer en alguien era desequilibrarlo mentalmente.

Han pasado más de dos años desde esa tarde, y hoy el panorama ha cambiado. Ingrid Betancourt ya no es el símbolo del secuestro en Colombia ni la política que lideraba la intención de voto para las elecciones de 2010. Hoy es uno de los personajes más odiados de su país y es blanco de calificativos nada agradables de parte de sus compatriotas por diversos motivos. Un rechazo que considero injusto, pero que a la vez intento comprender.

Se le criticó que al día siguiente de su rescate partiera rumbo a París y que sólo regresara a Colombia para contadas ocasiones. El supuesto protagonismo que perseguía iniciando una gira por Latinoamérica para reunirse con los jefes de estado de la región, así como los premios que recibió y la propuesta de postularla al Nobel de la Paz, también fueron blanco de sus detractores. La demanda de divorcio que le interpuso a su esposo Juan Carlos Lecompte, los testimonios de algunos de sus compañeros de cautiverio (incluida Clara Rojas) en los diversos libros que publicaron tras sus liberaciones, le atribuyeron una imagen de mujer interesada, calculadora y déspota que distaba mucho del mito que se había construido desde su retención. Un rechazo que encontró su punto más alto cuando a mediados de 2010, presentó una demanda contra el estado colombiano pidiendo cifras millonarias por los daños que el secuestro causó en ella y su familia.

En mi opinión, todo tiene lógica pero a la vez exageraciones. Nadie puede obligar a alguien a establecer su residencia en el lugar que la opinión generalizada considere conveniente y mucho menos si ese alguien no tiene ninguna responsabilidad legal pública en dicho lugar. Depende de cada individuo asentarse donde más cómodo se sienta y si en el caso de Ingrid, éste es París, Nueva York o las Seychelles, es algo que sólo ella está en derecho de decidir. Eso no la hace menos colombiana que otros y el hacer uso de los derechos que le brinda otra nacionalidad no la convierte en un monstruo. Y el afán de protagonismo del que muchos se quejaron, debió ser visto como la oportunidad que se tenía de seguir hablando de los secuestrados cuando las FARC se quedaban sin su rehén más mediática. No dejar de hablar de ellos ni permitir que se les olvide. E Ingrid, es innegable, hace hincapié en ello cada vez que tiene un micrófono delante.

Los testimonios de otros secuestrados (al igual que el de la propia Ingrid) son apreciaciones que tuvo cada uno de forma particular. Sólo quienes compartieron aquellos años de aislamiento son capaces de analizarlos y sacar sus propias conjeturas y quienes estuvimos ajenos a dicha situación no debemos atribuirnos rencores gratuitos. Aún con más razón, el fracaso del matrimonio Lecompte-Betancourt, es algo que únicamente debe interesar a los protagonistas de esa historia. Aunque aquí, sí me permito una opinión personal sobre la indiferencia que Ingrid dijo percibir por parte de su esposo durante los años de secuestro. Yo recuerdo haberlo visto en televisión y demás medios mantener la lucha por su libertad al igual que el resto de su familia. El lanzar fotografías de sus hijos sobre la selva desde un helicóptero, para que con algo de suerte ella pudiese comprobar cuánto habían crecido, me sigue pareciendo aún hoy un gesto conmovedor. Pero por otro lado, entiendo que seis años separados sin noticias el uno del otro puede enfriar una relación. Relación que sólo les compete a ambos retomar, mantener, terminar o transformar.

Respecto a la demanda, el momento no fue el adecuado. Pero el escupitajo social tampoco fue merecido. Los colombianos parecen olvidar que ella fue una víctima más del terrorismo, y lo único que estaba haciendo como tal, era hacer uso del derecho que tenía a ser indemnizada. Se dice que ella partió hacia San Vicente advertida del riesgo que corría y eso la convierte también en parte responsable. Pero aún así, nada justifica el arrancarle la libertad a una persona, y se quiera o no, son los gobiernos los encargados de que lacras como el terrorismo no logren sembrar inseguridad en un determinado territorio.

Creo que a Ingrid Betancourt no le perdonan el no ser una persona pobre y sin educación. Estamos acostumbrados a asociar la desdicha con la carencia económica y la falta de oportunidades, y se mira mal a quienes han tenido la suerte de "tenerlo todo" en la vida. Ella no es culpable de haber tenido los medios para formarse y recibir una enseñanza superior a la de muchos. Ella no es culpable de haber tenido una vida cómoda, sin las penurias que sufren a diario aquellos que tienen que hacer magia con pocos billetes para mantener a sus familias. Ella no tiene la culpa de ser una persona culta ni de poseer modales refinados. Si total, a la hora de la hora la desgracia puede tocar a todos, y a ella también la tocó.

Leer "No hay silencio que no termine", es para mí cerrar el círculo que me une a esta mujer. Yo viví su historia desde fuera y hoy puedo conocer cómo la vivió ella por dentro, el lado más difícil. Aún no he llegado a la mitad. Llevo leídos 28 capítulos de los más de 80 que lo conforman y en cada uno me transporto a esa selva y logro cumplir el objetivo que Ingrid se trazó al escribirlo: que quien lo lea, entrara en su propia piel para lograr sentir cada hecho allí contado.

Su pluma es exquisita y sencilla a la vez. Decidí escribir esto porque el siguiente capítulo que me espera, es en el que narra el inicio de los años más duros de cautiverio, al ser encerrada junto a sus compañeros en una especie de campo de concentración en medio de un campamento: "la cárcel". Y aunque suene ridículo, creí que el recordar lo que me ligaba a esta historia, era necesario para descubrir este episodio. Como prepararse para lo que viene.

Hay libros que no me han "cambiado la vida", pero que sí considero, han llegado en momentos precisos de ésta. Ingrid cuenta en cada una de las páginas, como en medio de aquella infinita soledad encontró el modo de conocerse por fin a si misma realmente. Ver sus defectos y entender que sus virtudes le servían poco en un contexto semejante. Le permitió analizarse, controlarse y pulir su interior, que era lo único que podía darse el lujo de cultivar. Quizá no hace falta ser secuestrado por otros para comprenderlo. Quizá y muchos estamos autosecuestrados y es ahora que debemos aprovechar para buscar en nosotros mismos las respuestas que no nos permitimos descubrir de cara a la realidad.

Tras el lanzamiento del libro, Ingrid Betancourt sigue teniendo gente que la odia y la respeta. Miles, que cegados por el resentimiento se han hecho la firme promesa de no leer ni el índice y otros que han dicho lo harán para saciar su curiosidad sin que esto signifique abandonar la animadversión que les produce. Para mí es de lectura obligada (y eso que aun no lo termino). Un relato imperdible que permite valorar lo que significa la libertad y comprender la necesidad de mantener, pase lo que pase, la convicción de ser quien uno es. Para mí es el libro de aquella mujer de discreta elegancia, que guarda el recuerdo de sus días más difíciles en la mirada. Lo único de su cuerpo capaz de reflejar el agotamiento de un silencio, que felizmente, llegó a su fin.



*Fotografía de encabezado: www.elespectador.com

**Video subido a youtube el 02 de junio de 2008. Un mes después, ingrid Betancourt sería rescatada.

7 comentarios:

Elmo Nofeo dijo...

Demandar a su país para pedir una reparación millonaria es lo más bajo que puede hacer un ciudadano, pero no es nada sorprendente para alguien que vive la política. No esperes encontrar un político con valores y honesto.

Yo pregunto,
¿y el resto de colombianos no han sufrido y sufren la violencia que azota Colomabia?,
¿acaso el resto de colombianos no tienen los mismo derechos que la franco-colombia Ingrid?.

La exposición mediática de las liberaciones de las FARC solo ha servido para alimentar el ego de dos gobernantes figuretis del planeta: Sarkozy y Chávez.

Munani dijo...

Yo me enteré del secuestro cuando publicaron esa foto donde se le ve cansada por fuera y por dentro. Podemos decir muchas cosas, yo también creo que alguien por nacer "en cuna de oro" no va a ser exento de sufrir tal cual lo puede hacer alguien pobre o sin estudios mayores, en ese lugar todos son iguales, todos son tratados como basura. Así mismo me pareció muy desatinada (sin negar que haya estado amparada por la justicia) la acción de demandar al gobierno, le faltó empatía para con las familias que aún tienen a sus seres queridos ahí ecuestrados sin siquiera ver un atisbo de libertad.

Me parece muy chévere tu solidaridad con la señora, tienes razón, todos debemos sentirnos identificados con ella pues nadie es libre de caer en la desgracia ocasionada por el gobierno de tu país (como el nuestro bien quiere igualar). Creo que hay que sacar lo bueno de todo esto, nunca rendirnos y ayudar a construir un país libre. Disfruta el libro :)

Ginno dijo...

Mono: Entiendo perfectamente tu opinión. Y no he dicho en ningún momento que el resto de las víctimas del terrorismo en Colombia no tengan derecho a ser indemnizados. El asunto es que Ingrid Betancourt fue también una víctima más y tenía el mismo derecho. Ahora, que estaba en ella tener el gesto de no hacerlo o pedir cifras simbólicas era algo que tenía libertad de tomar o no, pero no estaba en la obligación de hacerlo. De otro lado también es cierto que si un estado de nuestra región, que no están caracterizados precisamente por su opulencia, respondiera a las indemnizaciones de todas las víctimas por conflictos civiles, Sudamérica entera se declararía en banca rota. Reconozco que Ingrid pudo no tener mucho tacto respecto a ello, pero eso no quita que siga creyendo que era legítimo y que no es apátrida por pedir algo que le corresponde.

Como siempre gracias por esa fidelidad que se refleja en ser siempre tus comentarios los primeros en cada post (aunque no siempre estemos de acuerdo) Sabes también que tu blog sigue siendo uno de mis favoritos. Gracias.

Munani: Creo que has captado muy bien el mensaje. Si bien yo guardo cierta admiración hacia Ingrid, lo interesante aquí es comprender que NADIE tiene derecho de arrancarle la libertad a otro sin más. A cualquiera le puede suceder, la desgracia no ve condición social. Si nuestras sociedades actuarán con menos apasionamientos y tuvieran la capacidad de permitirse por un momento ponerse en los zapatos de otros en los momentos difíciles, nuestra región empezaría a acariciar la igualdad por la que tantos se rasgan hoy las vestiduras.

Carlos Alberto Zaga Tercero dijo...

Mi querido amigo Ginno
Menudo tema que has tocado... que tiene tantas aristas…
Para empezar, a Ingrid no se la llevó la selva, se la llevaron las FARC (sobre esto te comentaré más adelante).
No he leído el libro, por ahora no tengo interés de leerlo porque me encuentro leyendo otro libro y tengo tres esperándome en el escritorio. De manera que sobre el libro no hay nada que pueda opinarte.
Definitivamente la vivencia que ha tenido Ingrid puede traumatizar y enloquecer (si, volver LOCO o LOCA) a cualquier persona. Por lo cual a veces no sé si se trata de un afán de liberarse de un rencor (acción inútil, porque el odio sólo engendra más odio) o del producto de la locura.
Personalmente me indignó que tratara tan mal a su esposo. Me pareció tremendamente malagradecido con una persona a quien supuestamente amas y quien hace tanto por ti en los momentos tan difíciles. Es cierto que el amor no se obliga, pero el agradecimiento es algo básico de la dignidad humana. Es decir: ok, no lo ames, pero no lo trates tan mal.
Eventualmente traté de comprenderla… es decir, una experiencia así puede traumar o volver LOCA a una persona.
Por otro lado, cuando Ingrid decidió ingresar a la zona en conflicto, donde fue secuestrada, ella estaba advertida de los peligros a los que se corría. Lógicamente, no es un: “se lo merece” (cualquiera que diga eso sería bastante canalla). Pero… denunciar al estado Colombiano por una negligencia o por una irresponsabilidad (sobre todo teniendo hijos)… no te parece un poco CONCHUDO?? Es como que yo denuncie a mi mamá porque me mordió el perro sobre el que ella me puso en aviso sobre su fiereza. A Ingrid no la secuestró la selva, mi querido amigo, a ella la secuestraron las FARC y ella sabía que eso podía pasar. No se le niega la ayuda, pero uno no espera que “muerdan la mano que da de comer”
Insisto, traté de comprenderla. Definitivamente se ensalzó como un baluarte de la guerra antiterrorista contra las FARC. Pero ahora no sé si esta traumada… o LOCA.
No estoy tan documentado como tu sobre el tema… fácil tú me ayudas a comprenderla

pd. como ves... no aguanté hasta mañana para leer y opinar

Ginno dijo...

Ya hablaremos Seco. Ya hablaremos.

En lo que si puedo darte la razón es en el trato al esposo. Tampoco me pareció justo, pero como digo más arriba, eso es algo que deben arreglarlo entre ellos. Ahí, ni tú, ni yo, ni nadie tiene derecho a meter su cuchara. Las relaciones son de a dos.

Peatón de pie dijo...

Este caso fue muy representativo, o bueno así fue tomado, el secuestro no es una acción fácil de digerir, supongo que las personas que salen de estos trágicos acontecimientos en su vida pues sufren un post trauma, encuentran la culpabilidad en todo y creo que es justificable, es un daño psicológico, ahora el caso de esta señora dio la vuelta al mundo porque esta queja se hizo pública, los ciudadanos de a pie con menos ingresos, poco pueden quejarse lamentablemente.

Reflexión e igualdad para todos.

saludos. aquí un regalito, ojala pases. saludos.

http://paraderosite.blogspot.com/2011/02/tipos-de-bloggeros-te-conozco-bacalao.html

@actvservidor dijo...

Para opinar al respecto "decentemente" debería conocer más de lo poco que actualmente sé, lo lamento.

Intentaré conseguir el libro y acomodarlo en mi lista de lectura.

Un abrazo.

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