domingo, 20 de junio de 2010

Amor a la sueca

Por alguna extraña razón que hasta hoy mi marciano cerebrito no se termina de explicar, siempre he tenido cierta fascinación por las manchitas reales del planeta. Desde el morbo por saber con quienes se acuestan, hasta el poder institucional que hace que los gobiernos de sus naciones sigan considerando su palabra como la última. Claro que sin ganas de hacerme el ciego, reconozco que también hay muchísima gente que los ven como una sarta de vagonetas y desean con todo cariño que vuelva la guillotina, pero no dejan de ser una minoría en cada país, importante sí, pero minoría al fin y al cabo.

No es de extrañar entonces que los países más prósperos de Europa sean monárquicos, lo que no deja en el fondo de ser una contradicción. Que sociedades de mentalidades tan modernas (a años luz de la nuestra sin ir más lejos) sigan aceptando ser gobernados por un cabeza de familia cuyo objetivo principal es traer otro mocoso igualito a él para que su apellido siga mandando en pedazos de tierra que vienen heredando hace cuchumil años, debería ser materia de estudio psicológico. Pero en fin, o es una lavada de cerebro de las bravas o en algo tienen que entretenerse allá por el cocho continente. Como sea, al menos por aquí (por ahora) no va a ser motivo de análisis, pues de todos modos, el resultado no haría que dejen de llamarme la atención.

¿Y a que vino todo eso? Pues a que ayer (19 de junio hasta hace unas horas) mi causita Victoria de Suecia, decidió a sus treinta y dos primaveras dejar de comer un mes para entrar en un vestido blanco y darle el sí al que hasta hace unos años era su entrenador personal y que hoy (oh casualidad) es un próspero empresario dueño de un huevo de gimnasios allá por el terruño de los vikingos. Como para no perder la costumbre, mis tíos Carl Gustav y Silvia, sus papis, le dijeron en un primer momento que se deje de cojudeces, porque el susodicho de sangre azul ni medio litro, pero al igual que sus colegas coronados del continente con sus respectivos vástagos, terminaron atracando el caprichito de la Vicky y de los súbditos, que siempre han creído que esto de la princesita y el plebeyo, la rica y el pobre, es la típica historia de amor con confeti y manzanita acaremalada. Ya que intuyo que a quienes están leyendo esto el temita poco o nada interesa, aclaro que tal explicación monárquica ha sido solamente para ponernos en contexto. Fue lo típico, invitados de todos lados, sí quiero, paseito en carroza, saludito desde el balcón con su respectivo chapetex, y una señora recepción rebotando de comida. Todo a cuenta de los bolsillos suecos, que no se confundan, están encantados con la unión de la parejita.

No es, aunque lo parezca, que no haya tenido nada que escribir, (bueno algo de eso hay), pero el real interés de comentarlo por aquí, es porque mira tú, tengo que reconocer que me he emocionau’. Y es que realeza o no, los discursos de ayer para los respectivos brindis fueron de esos que te dejan medio huevón con el tonito del encuentro entre doña Florinda y el profesor Jirafales en el cerebro.

Primero el de Olle Westling, padre del novio, que no solo le tiró flores a montón a su recién estrenada nuera, sino también se animó a dar consejos y a ofrecerse como apoyo a la nueva pareja “porque el camino que les espera es difícil, pero la forma en que interactuáis es tan maravillosa, que no dudamos lo atravesareís con éxito.”

El ahora príncipe (vida resuelta) Daniel Westling, se terminó de meter a los comensales al bolsillo con sus palabras. El comienzo nada más: “Querida Victoria, princesa de Suecia, princesa en mi corazón…” hizo que la susodicha (que de tonta ni un pelo, es la única mujer heredera de un trono por derecho propio y una de las más preparadas para ello, valgan verdades) se emocionara al borde del chillido. Luego le metió una que otra anécdota del larrrgo noviazgo, como aquella en que la Vicky la noche previa a un viaje oficial de un mes a la China, se apareció en el lugar de sus encontrones, no para hacer eso que tu mente podrida está pensando, sino para escribir. Sí, escribir toda la noche. “Al día siguiente al levantarme, Victoria ya no estaba, pero había una caja con treinta cartas dentro; me había escrito esa noche una carta por cada día que no estaríamos juntos.”

Y como para dar la estocada final, le pasó la franela a los suegros. “Érase una vez un joven que tal vez no era una rana ... Como en el cuento de hadas de grima, pero que tampoco era un Príncipe. El primer beso no cambió la situación, el Príncipe no habría sido posible sin los consejos sabios del Rey y la Reina que guiaron a la pareja con cuidado. Estoy muy agradecido por el apoyo incondicional de los Reyes”. La comparación con el anfibio hizo que a más de uno se le cayera una arverjita de la boca de la risa, para finalizar: “Me siento orgulloso de ser tu marido, y voy a hacer todo lo posible para seguir haciéndote feliz. Lo principal, amarte.”

Pero en fin, que a mi estos dos con sus palabritas me hicieron sonreír pero hasta ahí nomás. Quien me hizo levantar mi taza de mate de coca en realidad fue mi tío Carl Gustav. Resulta que su primogénita, tan oportuna ella, eligió para casarse el mismo día en que lo hicieran sus viejos hace treinta y cinco añotes, cuando el entonces joven monarca tenía pelo y llevó al altar a una azafata alemana que conoció en las olimpiadas de Münich, cuando esta no tenía ni una solita de las cirugías que hoy la inundan. Él mismo reconocería años después que todo fue como “un click”, así que si creyeron que Tulita fue la pionera con el término se equivocaron. El asunto es que mi tía Silvia no estaba preparada para el recordatorio en público y la sorpresa hizo que casi se le descocieran los pellejos.

“Hoy hace treinta y cinco años me casé con Su Majestad la Reina. Me gustaría expresarte mis felicitaciones por este día. Muchas gracias por el apoyo y el amor que me has mostrado un año más. Gracias a ti y tu devoción veo el futuro con gran confianza y tranquilidad”. Teniendo en cuenta que mucho futuro no les queda, debe ser super paja que con quien has compartido la mitad de tu vida te diga algo así. Pero como si con eso no bastara, terminadas esas palabras arrancó una de las rosas que adornaban la mesa y se acercó hasta ella para entregársela, provocando por enésima vez el aplauso de los invitados que ya estaban atarantados de tanto romanticismo. Mucho por un día.

En fin, que cosas así, como diría la pastrula de mi abuelita me dejan medio Torombolo. Es gente que la mayoría cree que mantienen sus matris a fuerza de guardar las apariencias y no perder los privilegios y gollerías propias de sus cargos. Pero si me preguntan por lo de ayer, pues yo me la creí. Me creí que después de treinta y cinco años sigan durmiendo en la misma cama y mantengan encendida la chispita. Me creí al verlos bailar luego del combite, que de vez en cuando pese al reuma y la artrosis se pegan su dancing. Me creí que la nueva parejita se casa después de nueve años, de verdad por amor y no para hacer que no joda el pueblo ni para forrarse de plata y ganarse un título. Me la creí. Como me la habré creído, que hasta ganas de enamorarme me han dado.
Pero nomás tantito.

No importa, yo tampoco entiendo sueco, pero ni falta que hace.
Min 00:30 - 01:51

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