martes, 25 de mayo de 2010

Vista al frente Raffi, vista al frente

Hace un par de semanas San Isidro volvió a aguantar las pisadas de mis All Star. Me gusta caminar los domingos por lugares como él. Se puede pensar, cantar y a diferencia de (por ejemplo) la avenida Abancay, se puede respirar.

También se puede contaminar, (con las respectivas disculpas a los pulmones sanisidrinos) y a eso me proponía cuando llegué hasta el parque Roosvelt, uno de mis favoritos no solo del distrito sino de Lima entera. Me senté tranquilo y saqué el paquete jurando como siempre que por la sarita sería el último, que ya está bueno de seguir matándote con ese amiguito al que quieres aunque pendejamente te esté consumiendo años y dinero. Ay cigarrito de mi corazón.

Mientras echaba humo a la derecha y a la izquierda mi mirada se detuvo en la banca del frente. Un tipo de unos treinta y tres o treinta y cuatro años lucía tan relajado como yo con la ligera diferencia que no recurría al tabaco para estarlo. A su lado Rafaella, una niña de unos siete u ocho abriles, vestida de rosa y con una trenza rubia en la cabeza terminaba de relamer lo que quedaba de su helado de copita. Lo hacía con verdadero gusto, como si se tratase del último.

A unos cuantos pasos Matías, un muchachito de cuatro o cinco años, daba giros y giros y lanzaba al aire exclamaciones inentendibles pero deliciosas. Sumergido en ese mundo especial, incomprendido y hasta envidiable que crea el autismo, palabra que de solo escucharla produce lástima en cerebros limitados por lo que erróneamente creen normal, pero que para mi es sinónimo de sinceridad, de franqueza, de transparencia.

Un poco más allá Tazio, un pitufo de dos o tres años, ponía toda la fuerza que era capaz de producir para hacer que su triciclo avance. Su enorme sonrisa evidenciaba que disfrutaba del momento mientras imitaba (como tú, yo y everybody a esa edad y en esa situación) los sonidos de una moto o un auto. Todos hemos creído en su momento que nuestros triciclos eran cualquier cosa menos eso, triciclos.

Rafaella se levantó, botó el envase de su postre y se dirigió a la bicicleta de barbie que tenía toda la apariencia de haber llegado a sus manos esta última navidad. Tras varios intentos de domarla cual si fuese un potro, (bueno, un pony), el hombre de los relajados treinta y tres o treinta y cuatro años dejo escuchar su gruesa y potente voz: “ya te he dicho como debes subirte, busca un altillo para que estés al nivel de la bicicleta”. Le hizo caso, pero tan pronto estuvo arriba, el tambaleo parecía solo el preámbulo de un viajecito de cara al suelo. Cerré los ojos para un obligado pestañeo y él ya estaba tras ella con la mano en el asiento. “Tranquila hija, no te pongas nerviosa, tranqui”

Mis cinco sentidos habían dejado de repartirse entre los pájaros, las hojas naranjas en el suelo que tanto me gustan (y una que otra distracción de cuatro letras) para centrarse inconcientemente en ese padre y en esa hija.

-Ya, vamos a ver, pedalea con confianza, poco a poco.
- ¿Así está bien? Me da miedo.
-Tranquila hija, yo te tengo, tú pedalea nomás.

Y sí, la tenía. Corría con ella como si fuese su escolta, guiando el movimiento de ese vehículo de dos ruedas con la cara de una muñeca de plástico en la trasera. Corría con ella, diciéndole que mantenga la vista al frente, que él estaba a su lado, que se relaje. Corría con ella diciéndole que todo esta en su cuerpo, que hacia donde va su cuerpo va la bici, que pedalee mas rápido. Corría con ella diciéndole “no pasa nada”, “vamos que te quiero ver”. Corría con ella, y le gritaba, corría con ella y le aconsejaba, corría con ella y la impulsaba, corría con ella y la soltaba.

La soltó. Y seguía corriendo a su lado mientras le mentía, “yo te tengo, yo te tengo”. La concentración de Rafaella era total hasta que escuchó una voz orgullosa en su oído “lo estás haciendo sola”.

Su gesto cambió en un segundo y al abrir los ojos tras otro de mis pestañeos, estaba colgada de los brazos por su padre mientras la bicicleta besaba el cemento.
“Lo has hecho tú sola, ¿ves que si puedes?. Inténtalo de nuevo”.

No hizo falta que la convencieran. Se subió dispuesta a hacerlo. Él volvió a sujetar el asiento para soltarlo metros mas adelante. “Vamos hija con confianza”. Seguía corriendo con ella pero poco a poco disminuía el paso para dejar que avance a su aire, “vista al frente Raffi, vista al frente, a la vida hay que verla de frente”. Ella seguía cada consejo, cada llamada de atención. Y lo hacía y pedaleaba, y esquivaba y frenaba, y se estrellaba… y lloraba.

-Hey, no pasa nada, mírame –le decía sin ayudarla a levantarse- No llores. Mientras crezcas vas a tener golpes mas fuertes.

Dejó de llorar en el acto y se levantó sin ayuda. Y sin ayuda se subió de nuevo. Y sin ayuda empezó a pedalear otra vez, cada vez más rápido, cada vez mas segura. “Vamos hija, que quien maneja bicicleta puede manejar carro, avión, todo”. La seguía mirando, pero a la vez miraba a Matías, que aplaudía mientras saltaba como queriendo darle ánimos y a Tazio que no dejaba de recorrer el parque sintiéndose el dueño del mismo a triciclazo limpio.

-Vamos hija tú puedes, ¿ves que si podías?
-¡Yo puedo papá! ¡Yo puedo hacerlo!

Matías en su éxtasis se cruzaba delante de ella sin dejar de aplaudir. Ella haciendo gala de sus recién estrenados reflejos frenaba y se iba contra el piso. Se notaba en su rostro la molestia, pero intentaba controlarse mientras su papá se acercaba a tranquilizarla
“hey hijita, tranquila, tu hermanito no entiende”

Pero Matías se daba cuenta y se cubría el rostro con las manos como queriendo llorar mientras Rafaella volvía a subir y volvía a pedalear con más fuerza. Papá se quitaba los lentes de sol, los colocaba en la cabeza y se arrodillaba a su lado “Hijito no pasa nada. No te cruces, tienes que tener mas cuidado” le acariciaba la cabeza y le quitaba las manos del rostro.
“Vamos, mira a tu hermana como maneja, eso!”

Ya no había miedo, estaba dando un verdadero espectáculo. “Vamos Raffi, diez vueltas!”, Las completaba. “Creo que pueden ser quince ah!”. Terminadas, ella misma gritaba:
“Papá, creo que pueden ser veinte!”

Con la vista aun en aquellos tres que apenas sobrepasaban su cintura, hablaba emocionado por el celular. “Ha aprendido a manejar, lo ha hecho sola!”. No me hizo falta imaginar para estar convencido que la mujer de treinta y tres o treinta y cuatro al otro lado de la línea estaba tan emocionada como él.

Rafaella había hecho en media hora lo que a mi a su edad me tomó semanas, golpes, y mandadas al diablo a mi bici. Cada vez que veía pasar su sonrisa sobre esas ruedas frente a mí, hacía que la mía apareciera con el mismo entusiasmo. Verla sentirse orgullosa de si misma me emocionó. Ver a Matías saltando y animándola me emocionó más. Ver a Tazio queriendo imitar la hazaña de su hermana con sus dos ruedas de yapa más aun. Y ver a su padre levantar los brazos y gritar “esa es mi campeona!” fue la gota que rebalsó mis ojos. Lloré al verlos disfrutar ese momento. Lloré al ver como los abuelitos al sol sonreían con nostalgia al mirar a aquellos niños. Lloré al ver como el heladero y las empleadas que conocen a todos los niños de ese barrio sonreían también viéndolos otro domingo mas. Lloré al darme cuenta de lo espectacular que es la vida por permitirme ser parte indirectamente de cosas tan simples y mágicas como esas.

Cuando Rafaella se cansó, la llamó al centro del parque y se fundió en un solo abrazo con sus tres hijos. Lo hizo con fuerza y les dio un beso en la frente a cada uno. Se echó la bicicleta al hombro, cogió el triciclo con el otro brazo y caminó tras ellos mientras todos se dirigían a su camioneta. Ni los engreía ni los dejaba de lado. Ni les gritaba ni les hablaba como si fuesen retrasados. Estaba pendiente sin llegar a sobreprotegerlos. Los trataba de tú a tú, confiaba en ellos, y ellos confiaban en él. Yo no quiero tener hijos, no señor, ni de chiste. Pero si algún día la vida me jala las orejas y me hace tragar mis palabras, por favor (por favorcito) yo quiero ser como él.

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