jueves, 22 de abril de 2010

Prohibido olvidar

Nos ponemos seriecitos. Porque hay apartes en la historia que golpean y enseñan, y es algo que no solo estamos en la obligación de entender como individuos sino como país. Take it easy, la próxima cereza viene con el estilo cachaciento de toda la vida xD, pero ahora con su permisito, un instante reservado a la reflexión mis queridos compatriotas y compatriotos. He dicho!

Aquel verano de 126 días

Diecisiete de diciembre. Un día como hoy hace poco mas de trece años. Ocho y diecinueve de la noche y en Lima no se siente otro calor que no sea el provocado por el inevitable inicio del verano. Un minuto más tarde y ese calor inferniza el entonces exclusivo distrito de San Isidro. Catorce individuos con tanto desparpajo como armamento irrumpen en el jardín de la residencia del Embajador japonés en la capital, dan por finalizada la celebración del cumpleaños del Emperador e interrumpen el buffet de tempuras, sashimis y sushis. Entre sus gritos y amenazas obligan a las aproximadamente setecientas personas que se encuentran en la casa a tirarse al suelo, han sido tomados como rehenes.

Parece el argumento de una película de acción, pero fue tan real como el miedo que recorrió el cuerpo de todos los que lo vivieron en primera persona. Claro, pero es que tampoco eran “cualquier persona”. Dos ministros, seis congresistas, siete vocales supremos, diecisiete embajadores, altos mandos de las fuerzas armadas y policiales, además de destacados miembros del empresariado local y extranjero; y como cereza de la tarta, la madre y dos hermanos del presidente de la república.

Nueve de la noche y el cruce de las calles Tomás Edison y Barcelona se había convertido en la sucursal de Babel. Todo el mundo gritaba lo primero que se le ocurría presas del desespero de no saber qué hacer. Los policías y guardaespaldas de las personalidades invitadas disparaban desde afuera al enemigo fantasma, mientras al lugar llegaban tantos periodistas como cautivos había dentro de la mansión. Tras el desorden inicial, la nación entera se estrellaba -y vaya que estrepitosamente- contra la confirmación de algo que hasta el momento seguía pareciendo irreal: el MRTA se atribuía el asalto y exigía la liberación de la totalidad de sus militantes presos como única demanda. ¿El MRTA?, se debe haber preguntado Fujimori aquella noche. Pues si, aquel mismo grupo subversivo del que tanto él como su hasta entonces eficiente Montesinos se encargaron de restregar en la cara del país su aparente eliminación.

Lo que pasó después es historia conocida y repetida hasta el hartazgo. La primera noche, dos rehenes lograron escabullirse de las manos de los captores, se liberó a los mozos, a la totalidad de las mujeres y hasta el veintiséis de enero, a trescientos rehenes que no servían para los fines terroristas.

Hay que reconocer que el gobierno de entonces hizo hasta lo imposible por buscar un final de cuento a una crisis con sensación a regalito que nadie tenía pensado recibir. Aunque analizándolo bien, no era en si que tuviesen ganas de resolverlo por la vía pacífica, sino que tenían la obligación de hacerlo. Y es que casi la mitad de los setenta y dos últimos rehenes eran nipones, y con el complejo de madre que tiene la Nación del Sol Naciente (sino habría que preguntarle al mismo Albertito), el obstáculo era clarísimo: de los rehenes japoneses no se arriesgaba ni un pelo sin informe previo al imperio.

Pero Fujimori (astuto como ninguno), amparándose en el Pacto de Toronto, fruto de su encuentro con el Premier Hashimoto en Canadá a mitad de la crisis, y por supuesto cerrando su bocota, encontró el momento oportuno para utilizar lo que se había estado planeando desde el día siguiente de la toma, la salida militar. Y bueno, funcionó; dando claro está, una mención aparte a aquellos ciento cuarenta comandos que dejaron atónito al planeta entero con su valentía y eficiencia, echando por tierra el chantaje terrorista.

Desde que se pusiese fin con el rescate del veintidós de abril a ciento veintiséis días en que el Perú entero estuvo de rehén, mucho se ha dicho e interpretado sobre este hecho, y no hay que ser analista para darse cuenta que se seguirá hablando de ello en lo que queda de eternidad. Hoy, aquel terreno de seis mil doscientos veintitrés m2 (ni uno más, ni uno menos), se encuentra a la venta y recibe a diario la visita de buses con decenas de turistas japoneses, que se conforman con ver aquella nada que se aprecia desde los orificios de bala de sus portones de madera. Ahí esta, quieto y callado, como si con él no fuera la cosa, como el silencioso testigo de una lección de nuestra historia, que nunca debió ocurrir.

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