domingo, 26 de abril de 2009

Patas...de cuatro patas

La obligación de todo ser humano cuando se es niño es la de pedir a sus padres un perro, y mis hermanos y yo no fuimos la excepción. Pese a que en mis primeros años de existencia, cruzarme con uno en la calle era la excusa perfecta para llorar escandalosamente de pánico, un inexplicable masoquismo infantil hacía que mis deseos de tener un can en casa sobrepasaran a aquellos de tener una bicicleta montañera o un par de zapatillas con luces.

La elegante seriedad de mi padre, hacía que dicho pedido se ahogara en la taza de café que cada mañana solía tomar en el desayuno mientras intentaba en tiempo récord leer todo El Comercio antes de salir a la oficina. De manera que a quién había que convencer era a nuestra generosísima pero no menos seria mamá.

Una lluvia de porfavores y una avalancha de no seas mala, precedían a sus rotundos No. “¿Pero es que se han vuelto locos?, con todo el trabajo que me dan ya ustedes y encima ¿quieren un perro? Hijos míos sean niños buenos y hagan el favor de no joder” Nuestros intentos colectivos eran en vano, no había modo de convencerlos y cuando tíos, tías, padrinos, madrinas, y demás componentes de nuestro árbol genealógico tenían la intención de regalarnos uno, la oposición de nuestros progenitores hacían que aquellos cachorros con moñitos de regalo regresaran por donde vinieron.

Con el tiempo mis hermanos dieron por vencida la batalla, pero algo en mí (quizá esas ganas de no perder que con los años he ido puliendo hasta transformarla en defecto) hicieron que yo no abandonara el objetivo. Tenía casi ocho años , cuando de la mano de mamá paseábamos por el entonces tan de moda Camino Real. Ese era el momento y no lo podía desaprovechar. -“Mamá, ha llegado el momento de hablar de mi perro”, -“pero ¿qué perro?", -“el perro que me vas comprar”. Solo recuerdo el principio de aquella negociación. No estaré tan viejo, pero la memoria empieza a ser traicionera. Solo me veo ahí, sentado frente al carrusel de aquel centro comercial hoy en el olvido, escuchando decir a mi madre lo impensable: “Cuando cumplas once años, tendrás tu perro”

Lo curioso es que no insistí más. Al punto que pasado un tiempo, me olvidé del asunto. Ya había conseguido que mi madre cediera, así que la idea de la mascota se fue eliminando poco a poco de mi subconsciente. Pero las mamás, son mamás y se toman muy en serio su chamba. Faltando dos días para que soplara once velas frente a una enorme torta de chocolate, llegó. Atravesó torpemente la puerta mirando todo como si ingresara a una selva. Caminaba despacio haciendo evidente que recién llevaba semanas de haber aprendido ha hacerlo. La luz que entraba por la enorme ventana, hacía que su pelo color caramelo y sus pequeñas patas blancas brillaran de tal manera que lo hacían parecer mas un cachorro de león que un perro pequinés. Los tres corrimos a abrazarlo, el haberme olvidado del pedido de aquella tarde en Camino Real hizo la sorpresa mas agradable aun. Volteé y sonriendo mamá guiñó un ojo, y leí claramente lo que sus labios dijeron en silencio “yo siempre cumplo lo que prometo”

Aquel verano número once de mi vida, fue caninamente especial. Todas nuestras atenciones iban hacia el nuevo miembro de la familia. Enseñarle a correr, a traer la pelota, a no morder los tacos de mamá, a no orinar El Comercio de papá y a no llorar por cualquier tontería. Un apagón en casa hizo que matáramos el aburrimiento eligiendo nombres para el cachorro. Mis propuestas eran rudas, quería un nombre que impusiera respeto. "¿Qué tal diablo, ogro, el padrino?" No, no y no. La razón que me dieron era lógica, poner un nombre como esos a un perro que no iba a llegar ni a la mitad de mi pantorrilla más que respeto lo que iba a provocar era risa. "Tiene que ser algo más suave pero que no peque de cursi" ¿Coqui? ¿Machín? -¿Qué tal Mike? -propuso mamá, -¿Qué tal Miki? -dijo mi hermano mayor… y Miki quedó.

Recuerdo hasta ahora cuando intentaba aprender por puro instinto a subir los interminables escalones de la escalera. Cuando llegaba a la mitad, sus patas resbalaban en el parqué religiosamente encerado interdiariamente y rodaba hacia abajo dejando escapar jadeos de dolor que no le impedían seguir intentándolo. Mi madre, que recostada en un sillón solía descansar de sus clásicas jaquecas, ni se inmutaba cuando Mikí aterrizaba de cabeza a sus pies.
¡Ginno ven a ver al perro que ha vuelto a caerse!

Ironías del destino, con el tiempo la relación entre Miki y mi madre fue más especial que incluso las que nosotros tenemos con ella. Se entendían a la perfección, ella era quien lo alimentaba, lo bañaba, lo atendía y era a la única persona en casa a quien él obedecía. Cuando ella salía, lo dejaba en su rincón favorito de la cocina y le decía “ya vengo, échate aquí y espérame”. Demorase lo que demorase al volver siempre lo encontraba ahí y recién cuando ella le decía que se pare, él lo hacía.

Al año siguiente, mi padre, que ocupaba la gerencia de una empresa de aduanas fue transferido a la oficina de la frontera con Bolivia, lo que obligó a que toda la familia se mudase a la fría ciudad de Puno. Miki se acostumbró de modo sorprendente, Tanto así que en los meses de invierno y cuando las madrugadas estaban por debajo de los cero grados, él siguió durmiendo al aire libre, en el jardín. Se paseó por Puno, Cuzco y Arequipa e incluso lo llevamos con nosotros cuando viajamos a La Paz. Hasta hoy recordamos como nos reíamos los cinco al verlo levantar la pata en los postes de luz de la capital boliviana y dar graciosos saltos cuando recibía pequeñas descargas eléctricas de estos.

De regreso en Lima y con casi ya cinco años de existencia, mi madre trajo una perra a casa. La misma raza, unos ojos enormes y el pelaje negro en su totalidad, me hizo recordar el parecido de Miki con un cachorro de león cuando llegó. Pues ahora llegaba una cachorro de pantera.

Mas que el tener una nueva mascota, la intención de traerla iba mas por darle a Miki el derecho que tiene todo ser vivo de disfrutar del sexo. Pero nada. Para ese entonces él, que ya tenía sus añitos encima, tenía un porte elegante, dicen los veterinarios muy característicos de su especie, lo que nos llevó a que alargáramos su nombre a Mr. Miki. Pues Mr. Miki al parecer no quería nada con la perra, a quién bautizamos como Naná, en alución del personaje de Emile Zola. Vanos eran los intentos de ésta por un poco de atención de él, lo que nos hizo ver sin esperanza el futuro de aquella relación. Pero una tarde, para nuestra sorpresa, descubrimos que Naná andaba un poco mas gorda de lo acostumbrado. Estaba preñada de cuatro cachorros que vieron la luz en nuestro garaje meses después. Pasado un tiempo, tres de los cachorros fueron vendidos y Naná regalada a una amiga de mi madre ya que la idea de traer mas perros al mundo no le resultaba del todo atractiva. Mr. Miki tan frío y distante como siempre se quedó entonces con uno de sus hijos, que adoptamos no por voluntad propia sino porque no tuvo la demanda que generaron sus hermanos. Quizá porque era totalmente negro, igual que su madre. A la hora de buscarle nombre a nuestro nuevo inquilino, intentamos que sea uno especial. Es así que entre broma y broma mi madre dijo en tono autoritario -“Se llamara Rin-tin-tin” -
¿ Rin tin tin?. -Claro, si hay muchos que llaman a sus perros Lassie Laika, Bethoven o Firulais, ¿por qué yo no puedo llamar al mío Rin-tin-tin que fue aun mas famoso?.

Pasaron los meses, los años y la relación entre Miki y Rin-tin-tin era sencillamente hermosa. No solo las perras son instintivamente amorosas con sus crías. Mr Miki nos demostraba cuanto llega a ceder el orgullo de los machos por el cariño hacia su descendencia. Le cedía su cama, sus pelotas e incluso mas de una vez sin que se dieran cuenta, vi como le dejaba la mitad de su ración de comida y lo incitaba a que la terminara.

Llegó en mi verano número once y se nos fue en mi verano número veintidós. En tres días un mal respiratorio lo tumbó en su rincón favorito de la cocina, ahí donde mi mamá siempre le ordenaba quedarse cuando ella salía. Al llegar de madrugada de una fiesta, lo vi ahí tirado haciendo un enorme esfuerzo para al verme “mover el rabo” como yo le decía. Me senté a su lado y le acaricie aquel pelaje que vi brillar la tarde en que entró temeroso por la puerta de mi casa. No sabía que decirle, así que solo deje escapar un gracias. A la noche siguiente lo internamos en busca de una mejoría, pero no resistió. Una llamada del veterinario hizo que mi mamá llorará como no la he vuelto a ver llorar desde entonces. Fuimos a recogerlo y al cargarlo de regreso a casa con las patas estiradas, me pesaba mucho mas que las interminables veces que solía tomarlo en brazos. Envuelto en una camiseta que el mismo hizo trapos siendo cachorro, lo hundimos finalmente en un pedazo de tierra del jardín de la entrada.

Ha pasado poco mas de un año y en el mismo rincón de la cocina, Rin-tin-tin hace el mismo esfuerzo que su padre para mover la cola al verme y hace un esfuerzo aun mayor para respirar. Algunos dicen que fue el golpe de quedarse solo, cosa de animales, pero a inicios de año le detectaron serios problemas cardíacos típicos de su raza. Problemas que lo han ido consumiendo en menos de cinco meses alejándolo de la agilidad digna de perro de comercial televisivo que lo solía caracterizar. La última semana, sus males se han ido extendiendo a otras partes de su organismo y siendo realistas no hay que ser veterinario para saber que le queda poco. Probablemente lo envolveremos en otra camiseta y lo pondremos al lado de su viejo. Mi madre llorará porque se le va otro compañero y al igual que con el primero, yo no lo haré. Soy un poco insensible pero no dejo de reconocer que extrañaré de ambos su fidelidad y que con ellos se llevan interminables risas infantiles, adolescentes y juveniles que sin querer nos provocaron. Si ya lo decía mi abuela."Mientras mas conozco a los hombres…mas quiero a mi perro



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