domingo, 6 de diciembre de 2009

Sabor a Quilca

Lo dije en el post anterior, Lima es super. Y son lugares como este lo que la hacen "mas super" aun. Crónica que hice hace unos meses para la universidad. Escribir sobre él nunca será tan exitante como recorrerlo una y otra vez.

Entre libros, tragos y vinilos
Un recorrido en palabras por el emblemático jirón Quilca

Si las calles que conforman las selvas de cemento que suelen ser las capitales sudamericanas tuviesen vida, la de Quilca sería sin duda de las más envidiadas. Y es que esta arteria bautizada con nombre de distrito arequipeño ha muerto varias veces pero ha resucitado muchas más. Ha gozado de la fidelidad de minorías soñadoras con convertirse en masas y ha sufrido el olvido de alcaldes que favoreciendo masas han obviado la voz de las minorías. Pero ahí sigue, cediendo el pedazo de aire limeño que le corresponde a quienes tengan algo -bueno o malo da igual-, que gritarle al mundo.

Hablar hoy del centro de Lima ya no es sinónimo de miedo, suciedad o ambulantes. Poner un pie en la Plaza San Martín ya no obliga voltear cada dos pasos a ver si te persigue un grupo de pirañitas. Pararte en ella y mirar aquella estrecha calle entre el gran Teatro Colón y el mítico Hotel Bolívar ya no implica preguntarse si cruzarla o no.

El Teatro Colón es el primero en recibirnos, hay uno en cada capital latinoamericana y eso debería enorgullecernos, pero lo cierto es que su aparente belleza se opaca con su nulo funcionamiento. Mientras en el resto de teatros homónimos del continente durante la década pasada se montaban piezas de renombre internacional, el nuestro fungía de paupérrima sala de cintas pornográficas. Hoy, se encuentra bajo tutela de entidades privadas de las que solo nos queda esperar le devuelvan la majestuosidad que gozó antaño. Esperar a que se repongan en aquel escenario tan importante como el Segura o el añorado Teatro Municipal. Esperar a que su foyer y boleterías se conviertan nuevamente en el preámbulo de mágicas e inolvidables veladas teatrales.


Estar frente al Colón es estar ya en Quilca y primera cuadra es hoy un paseo peatonal repleto de restaurantes. Los hay de todo tipo, para todos los gustos pero lamentablemente no para todos los bolsillos. Así, donde ayer se discutían temas de política y religión, hoy se piden pollos a la brasa y menús ejecutivos. Antes solo bastaba tener poca vergüenza y algo que decir para colocarse en un trozo de asfalto y esperar a que se aproximen los interesados y curiosos para formar improvisados debates que tardaban horas en llegar a su fin. Mucha gente llegó a considerar la primera calle de Quilca como el paraíso de charlatanes y políticos frustrados que lo único que intentaban (y que al parecer satisfacía) era desahogar a través de discursos subidos de tono (pero al fin y al cabo particularmente racionales) sus ideologías y formas de ver e interpretar el mundo de la época. Ahora, no se puede olvidar también que en su peor momento, estos primeros metros de jirón fueron usados como letrina pública y fumadero abierto, refugio de borrachos, niños fans del terokal y colchón de indigentes. Imaginar la fusión de “aromas” nos permite imaginar también cuál podría ser una de las razones para que los expositores de la calle huyeran de ella.
Finalizada la primera cuadra nos cruzamos con Camaná, y es en esta intersección donde se levanta uno de los locales mas emblemáticos no solo del jirón, no solo del centro, sino de toda la ciudad: el Bar Queirolo, símbolo de la Lima culturalmente vagabunda de principios del siglo anterior y que a pesar del tiempo, las humedades y polillas mantiene su encanto intacto. A través de los garrotes de sus grandes ventanales se aprecia una imagen digna de cuadro: la bohemia en su máxima expresión. Intelectuales de barra intercambiando opiniones, ancianos jugando con las mismas cartas y los mismos dados de hace décadas, décadas en las que este rincón capitalino era escenario de las tertulias mas exquisitas en compañía de copas llenas de alcohol. Alcohol cuyas botellas adornan sus viejas paredes, tantas botellas como los años que posee. Sus mesas tienen la particularidad de haber sostenido los vasos de ilustres artistas y escritores como de hijos de vecino que solo entraban en él con el deseo de comer una butifarra y pedir un Chilcano de Pisco. Sin embargo, hoy en día su tradicional prestigio hace al parecer que se permita cierta falta de higiene que en un lugar como este es tan necesaria como el alcoholismo de sus parroquianos.


Salimos del Queirolo y al seguir avanzando con dirección a la avenida Wilson nos encontramos con distintos locales de venta de libros, siendo el más grande y relativamente organizado el denominado Boulevard de la Cultura. Si bien no tiene la extensión del ubicado en el jirón Amazonas (enorme edén de obras y textos), lo que llama la atención es la infinita variedad de publicaciones y precios que se encuentran en él. Los diversos puestos ofrecen material cuyas ediciones son tan antiguas que ostentan la categoría de inubicables hasta que uno se atreve a darse una vuelta por allí. Cada stand tiene su propia identidad y así nos encontramos con alguno donde conviene encontrar lo buscado no por el nombre de la obra sino por el nombre del autor. Kilos y kilos de libros organizados en bolsas plásticas con etiquetas que rezan los grandes nombres de la literatura, filosofía y diversas ciencias en general. Palma, Mariátegui, Vallejo, Freud, Kafka, Shakespeare hasta Bayly y Vargas Llosa conforman la ensalada de papel que se nos ofrece. Publicaciones mensuales o quincenales como la profunda Etiqueta Negra o las superficiales Caras y Cosas, se consiguen en número actual muy por debajo de lo que cuesta adquirirlas en kioscos y supermercados, así como aquellos números de años e incluso décadas atrás que permiten dar una vistazo al cambio que ha sufrido nuestra cada vez mas inentendible sociedad. Mención aparte merecen los puestos de ropa y accesorios, que si bien no son muchos, se caracterizan por lo marcado de sus estilismos. Hay opciones para todos. Emos, punks, metaleros y demás, encuentran lo mas adecuado (y barato hay que repetirlo) para armar sus respectivos “looks”.

La música ocupa también un lugar importante en Quilca y al igual que con los libros la variedad que ofrece es asombrosa. Cuando los MP3, los CD’s e incluso los cassettes no asomaban su tecnológica cabeza por la movida musical, los discos de vinilo eran la sensación. Sensación de aquellas décadas en que tener una radiola o un tocadiscos era sin duda estar en la onda. Años en que la piratería no se había convertido en el jinete apocalíptico que es hoy y la gran mayoría (por no decir todos) de los álbumes eran originales. Con el transcurrir de los años y la aparición de nuevos juguetitos, este formato (el de vinilo) quedo aparentemente en el olvido, pero aquí Quilca funciona también como máquina del tiempo y nos permite encontrar los títulos mas inesperados, esos que a veces ni el fan mas acérrimo ha podido conseguir. Desde la primera producción de Metallica, la discografía completa de The Beatles y las primeras grabaciones de una jovencísima (peinado afro incluido) Eva Ayllón, el universo musical que brinda resulta fascinante. Paraíso de coleccionistas, amantes de la música, entendidos en el tema y de quienes no lo son y que buscan aprender. Lo motivador de este tour musical es que quienes venden las montañas y montañas de discos no son cualquier triciclero que los compro a sol luego de gritar fierro, catre, botella por algún viejo barrio capitalino, sino verdaderos conocedores de lo que ha significado la movida musical en nuestra Lima desde hace décadas. Mejor asesoría melódica, vamos, que ni en la tiendas mas exclusivas de plazas, jockeys y larcomars.

Otra intersección de celebridad moralmente prohibida es la de Quilca con el jirón Calloma y alrededores. Calle casi fantasmal durante el día y más viva que ninguna durante la noche por el comercio sexual ambulatorio que ofrecen sus veredas, así como sus locales clandestinos. Si bien en la actualidad no es lo que fue en sus añorados años rosa, el movimiento sigue en él; después de todo, aquí también se aplica aquello de el "cliente siempre tiene la razón" y si clientes no faltan, ellas tampoco lo harán.

Y si bien El Queirolo, El Colón, y los antiguos bares que se ubican a lo largo del jirón hacen de este una vía tradicional, existe un lugar en particular que sin ser tan antiguo como ellos se ha convertido en uno de sus símbolos: El Centro Cultural Averno.

Su colorida fachada, inspiración y creación del artista plástico Herbert Rodríguez, queda chica cuando nuestros ojos observan el interior. Enormes murales de José Carlos Mariátegui y César Vallejo se confunden con las distintas formas y dibujos que adornan sus paredes con interpretaciones “a gusto del cliente”. Posee un escenario que acoge desde conciertos de bandas de todo género (en su mayoría de agrupaciones excluidas de otros locales), hasta presentaciones de libros y recitales de poesía. Esto ha hecho que desde que fuera creado hace ya mas de una década, sea considerado cubil de la cultura subterránea de nuestra cada vez mas sorprendente Lima. Ejemplo claro y vivo de tolerancia y libre pensamiento, en un inicio El Averno fue creado para cobijar a jóvenes escritores con cierta dosis de rebeldía y donde sus estruendosas bandas podían hacer desfilar su muy particular concepto de lo que es música. Su director, Jorge Acosta, jamás imagino que aquella vieja casa que encontró prácticamente en escombros se convertiría en el punto de encuentro de posturas y gustos que no se comparten pero que conviven en singular armonía. No por nada El Averno fue uno de los frentes -por no decir de los mas importantes- desde donde se combatió el fin de la dictadura de Fujimori y Montesinos, lucha que se inició allí y que finalmente como es de conocimiento colectivo dió resultado. Cuando ya se había logrado que todo el mundo hablara de él, apareció de la nada con cierto rezago de oportunismo, el verdadero dueño de la casona donde funciona. De mano de la resignación las cabezas de El Averno anunciaron su reubicación, demostrando que pese a su mentalidad rebelde acatan las normas preestablecidas que garantizan la convivencia pacifica de todos los que compartimos aire en esta ciudad. Hasta hoy, El Averno sigue funcionando en su mismo local. Muchos dicen que aquí es donde la contracultura se siente a tope. Entendamos contracultura como toda aquella manifestación que si bien no sobrepasa el límite de la legalidad, camina muy pegado a éste y diferenciémosla de la cultura porque a diferencia de ella uno no busca que se manifieste, sino que sencillamente surge.

Esto hace mágico al Averno y eso hace mágico al Jirón Quilca. Calle que ha sobrevivido y sobrevive a la belleza, la inteligencia, el reconocimiento y el olvido. Calle que ha tenido lo mejor y lo peor de las mentes de esta ciudad. Calle que como todos los rincones bohemios del planeta, tiene duende. Calle que como pocas…tiene alma.

4 comentarios:

Damian dijo...

quilca es una de esas calles imprescindibles en Lima, grandes momentos he pasado y borracheras tambien

Javier dijo...

super interesante!!

Anónimo dijo...

En Quilca queda la Rocola, donde acompañe a Antonio a festejar el cumple de una amiga suya. APrendi muchas cosas y me vi retratado en otras personas q concurrieron a ese lugar. :D Pero la Rocola no tenia las canciones q yo queria!

Alejandro

Anónimo dijo...

Excelente descripción de una emblemática calle...me gusta tu estilo escribiendo, tiene "algo"...un saludo.
Marta

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